Guardián de tus sueños

Casi desde mis dos años me acostumbré a quedarme dormido junto a ella con la luz encendida, mirando portadas y aquel paquete de hojas llenas de letras cuando aún no sabía su significado, por miedo a la oscuridad o a la soledad, quién sabe. Arropó y curó mis fiebres (abuela y tía como ángeles siempre en la retaguardia) y yo cada noche, al ir a la cama, me convertía en su pequeña lamparita de luz, guardián de las historias ocultas en las lecturas. Crecí durmiendo a su lado, celoso de mi lugar, mojé sus sueños y en la adolescencia lloré la primera vez cuando nos separamos por mucho tiempo.

Alentaste mis quimeras, y aún puedo resguardarme a la sombra de tu infinita ternura cuando algunas no se cumplen. Me enseñaste: “Haz bien y no mires a quien”, “di la verdad”, “se justo”. Hoy la distancia y la prontitud de la vida nos ha separado, solo un poco, aunque siempre regreso por tu manantial de agua fresca, por la evocación de las lágrimas que alguna vez no comprendí o del castigo inevitable.

Si me pierdo, sabes, me puedes encontrar en aquel poema de Carilda que tanto nos gusta; en la impenetrable maleza de Dulce María. Si te me extravías, te buscaré en la Sexta Isla, de Daniel. Si decidimos escondernos y así nadie nos encuentre, le pediremos prestada La casa de los espíritus a Isabel. En cualquier lugar, solo nuestro, leeremos mil libros, en ritual de amor eterno que une nuestras almas desde el principio de los tiempos.

 

 

2 comentarios sobre “Guardián de tus sueños

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